Búscame donde nacen los dragos

Una novela trepidante que nos invita a descubrir una civilización perdida. Una maravillosa historia que nos habla de segundas oportunidades, de la pasión de viajar y de la emoción de sentirse protagonista de la gran aventura de tu vida.

Cristina Morató

Plaza y Janés, 2013

 

 

Una misteriosa calavera pone a Marina, una periodista madrileña que acaba de sufrir una ruptura amorosa, sobre la pista del mayor secreto sobre una civilización perdida de la que apenas sabemos nada, los guanches. Una colección de huesos infantiles oculta en un museo, un alfabeto olvidado grabado en una tablilla de piedra, una excavación tras la que subyace una trama internacional de tráfico de antigüedades, y un viaje iniciático al corazón del Atlas en busca del origen de una misteriosa mujer…Todo esto y mucho más se encontrará Marina a su llegada a la finca tinerfeña de Tamadaya, en la que se refugia tras una ruptura sentimental. Allí, tuvo lugar un asombroso hallazgo arqueológico que, cuarenta años después, puede sacar a la luz una historia sepultada durante siglos. Marina, arrastrada por ese misterio, decide embarcarse en la investigación de la identidad de esos restos.

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Prólogo

La primera vez que me enfrenté a sus ojos vacíos no podía imaginar quién era. Ni mucho menos intuir que ese momento iba a cambiar mi vida para siempre.

No tenía de ella ninguno de los datos que sirven para vincular emocionalmente a las personas. Carecía de características físicas; no conocía su edad, ni su altura, ni su color de pelo, ni las circunstancias que habían rodeado su existencia. Ni siquiera sabía aún que era una mujer. Aunque, dentro de mí, una especie de corporativismo femenino quería creer que así era. Quería sentir que una corriente desconocida la había traído hasta mí. Que necesitaba contarnos quién era, y que me pedía que la ayudara.

Sólo tenía retazos de su rostro. Una cabeza pequeña. Una dentadura perfecta. Unos pómulos altos en un cráneo descarnado. Unas cuencas vacías que miraban a lugares en los que yo jamás había estado y a momentos que nunca volverían. Nada me hablaba de su género, ni del tiempo que su cuerpo había permanecido enterrado. Ni de cómo había sido su vida. Ni de cómo había sido su muerte.

Pero en aquel momento yo tenía una necesidad tan desesperada de olvidarme de mí misma, de sentirme útil, de hacer algo por alguien, que la elegí a ella.

Si crees en el destino también podrías pensar que ella me eligió a mí.

Capítulo 1

Apareció en mi vida como sólo saben hacerlo las casualidades. Un encadenamiento de decisiones aparentemente irrelevantes me había llevado hasta un sitio determinado en un momento concreto: a una finca de turismo rural idílica, asomada al Atlántico, y a un otoño prestado, disfrazado de verano eterno, que confiaba en que caldeara el septiembre que dejaba en Madrid y el frío repentino en mi corazón.

No había nada en la historia que me partía en dos que la diferenciara de los miles de desamores que se cantaban en melodías dulzonas, o que se exhibían diariamente en pantallas de cine y portadas de revista. Salvo que ésta era mía. Eran míos el desengaño y un dolor sordo y latente que ronroneaba arisco, acurrucado en un rincón del pecho. Hacía apenas quince días, a la vuelta de unas vacaciones, diez años de risas compartidas y de plurales habían saltado por los aires sin más detonante que la constatación de que aquél no era el camino que deseábamos recorrer juntos. Aunque aparentemente era una decisión tomada de forma conjunta, en un momento que bifurcaba vidas y futuros había sido capaz de mirarme desde fuera y de descubrir con más dolor del que habría sospechado que los ojos de Miguel me evitaban huidizos, como si me cerraran poco a poco una puerta, dejándome plantada ante el umbral de su corazón.

Dos semanas atrás, en una luminosa mañana de agosto, nos habíamos despedido por última vez. El verano saliente lucía un sol rotundo lleno de presagios de felicidad, porque en la vida real los adioses no son siempre de noche, ni se visten de lluvias melancólicas. Y pese a que se había anunciado y conjurado tantas veces, el final “el final definitivo tuvo el regusto amargo de lo no presentido, la nostalgia de un pasado que aún me hacía cosquillas en el corazón. Nos habíamos mirado con ojos de culpa y con lágrimas obligadas. La decisión última había sido suya, pero incluso así había tratado de abrir puertas que dejaran resquicios para suavizar la contundencia del instante. Yo no le creí. Había estado en su mente, en sitios donde él todavía no había entrado, y allí había leído cosas que ni “él conocía aún. Así que me despedí en voz baja de aquella casa que habíamos comprado juntos y que supe que pisaba por última vez, y mentalmente comencé a embalar trocitos de existencia.

Sabía ya entonces que me iría de Madrid. Y él también. Incluso me preguntó dónde, porque me conocía y había adivinado hacía tiempo inquietudes que no era capaz de compartir. Pero no le dije nada. En la garganta se me había enredado la respuesta con el llanto y lo dejé pasar porque imaginé, una vez más, que no me entendería. Por el camino del desamor se nos habían ido olvidando las palabras de siempre, los códigos secretos que sólo comparten los enamorados, y pese a estar frente a frente, ya no teníamos manera de comunicarnos. Así que callé. Quizá él interpretara mi silencio como una negativa a dar explicaciones, y el universo frío de los mundos sin palabras llenó la habitación, pesado y tedioso. Cuando por fin nos separamos, no hubo el menor gesto de cariño, porque hacía mucho, muchísimo tiempo que a los dos se nos habían gastado los besos.

—Kristin, ¿tenéis alojamiento ahora?

—Claro, cariño. —Las suaves «erres» alemanas sonaban metalizadas, cubriendo dos mil kilómetros de distancia, al otro lado del teléfono—. ¿Cuánto tiempo te quedas esta vez?

—Aún no lo sé. Aproximadamente un año.

¿Demasiado tiempo? Quizá mi tono le disuadiera de indagar. Hubo un silencio prudente que alargó la curiosidad.

—No hay problema, mi niña —me confirmó con su adoptado deje canario—. Ya nos cuentas cuando llegues. ¿Todo bien?

Compuse una sonrisa desvaída, por si era capaz de percibirla por teléfono.

—Todo bien, Kristin.

Mi corazón ya viajaba hacia aquel rincón de Tenerife antes de haber puesto siquiera un pie en el avión. Había conocido el sitio cuando escribía una guía de lugares con encanto en las islas Canarias. Una finca rural con aires de arca de Noé, a medio camino entre el cielo y el mar, que me había cautivado, revelándome la existencia de realidades paralelas. Había vuelto allí en varias ocasiones para realizar reportajes sobre turismo rural, sol y playa perpetuos, caballos y buceo, trekking por laderas de tabaiba y dragos presentidos, con el mar siempre a la vista… La conexión con sus dueños, Ángel y Kristin, había sido mutua y había convertido en amistad unos encuentros al principio esporádicos y profesionales. De ellos había nacido una amistad fresca y nueva, sin las ligaduras del pasado, sin desengaños ni compromisos. Con todo el futuro por delante. Quizá eso fuera lo que me llevó a pensar en ellos, en los habitantes de aquel refugio de lava y viento enclavado en las laderas de la comarca de Abona, cuando necesité huir hacia cualquier sitio para curarme las heridas del corazón.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer?

Apenas quince días atrás, todavía en Madrid, mi amiga Esther cuestionaba mi recién tomada decisión. Estábamos en su terraza, saboreando una cerveza y meciéndonos con laxitud en dos hamacas de mimbre. Yo ya había anunciado al núcleo de amigos, tras mi ruptura sentimental, que iba a tomarme un año sabático y que me instalaba, temporalmente, en Tenerife.

—Segurísima.

—Estás mezclando una decisión profesional con una decisión personal —apuntó.

—Quizá. Pero es lo que me apetece. Y ahora necesito pensar sólo en mí misma.

—Pero no puedes desaparecer del mercado profesional en un momento como éste.

—Por favor, Esther. No desaparezco. Sigo en España. Sólo me desplazo al sur. Puedo continuar desde allí con las colaboraciones. Y ¿quién sabe? Tal vez allí surja algo más…

Ni yo misma tenía muy claro qué era “«algo más» que esperaba surgiera de manera espontánea. Quería convencerla de algún modo, pero no era tan fácil convencerme a mí misma. El pragmatismo que trataban de emanar mis razonamientos estaba teñido, aunque apenas quisiera confesármelo, del dolor sordo del abandono, de la necesidad de huir de escenarios familiares, de amigos compartidos, de situaciones comprometidas… Me atraía irremediablemente la idea de vivir una vida paralela en algún lugar no impregnado de vivencias comunes. Otra vida, otro escenario, otros amigos, otros lugares por descubrir, otro clima… ¿Por qué no? Otro yo.

Inconscientemente trataba de dotar al escenario de facultades curativas, aunque el único sitio donde debía buscarlas era dentro de mí. Necesitaba un sitio en el que aterrizar, como un pájaro con un ala rota. Un lugar nuevo y limpio al que aferrarme. La Inglaterra de mis años de estudiante me parecía trivial y fría, sin capacidad para abrigarme el alma, y no sentía aún el ánimo suficiente para arrojarme a la entrega y el desprendimiento de alguna ONG africana. Así que Tenerife me pareció un buen término medio, la opción idónea, un retiro cálido, un bálsamo, un lugar que no tenía nada que ver con mi vida cotidiana.

—Como quieras —admitió mi amiga al fin—, pero al menos reconoce que estás huyendo de Miguel.

—No, Esther. Es peor. Estoy huyendo de mí misma —suspiré—. Y cuando huyes de ti misma, no es tan fácil dejarte atrás.

Así fue como en apenas dos semanas cancelé cuentas bancarias comunes, resolví gestiones, otorgué poderes, negocié con inmobiliarias, avisé a los más allegados, hice las maletas y me embarqué en un vuelo barato con destino a Tenerife Norte. Me sentía vacía mientras mi avión despegaba de un Madrid brumoso y frío donde el otoño ya había hecho su aparición. El corazón me palpitaba incesante, mandándome mensajes en morse que yo no sabía descifrar. «Alea jacta est», pensé cuando iniciamos el despegue. Luego, durante las siguientes dos horas y media, ya no pensé más. Cerré los ojos y me dejé adormecer por el zumbido de la marcha, tratando de llenar las grietas que iban abriéndose en el glaciar de mi pasado con excitantes imágenes de un futuro prometedor. Alquilé un pequeño Citroën amarillo, que tenía un aspecto desenfadado y alegre, a mi llegada al aeropuerto. «Por un mes», “indiqué, y me sentí en la absurda necesidad de reafirmar mi decisión frente a la sonriente empleada de la compañía. «Mientras busco uno para comprar».

—¿Viene a quedarse?

—Por lo menos, por un tiempo.

—Pues bienvenida a la isla. —Me sonrió, y sonreí yo también contagiada de su expresión, con las emociones a flor de piel.

Me sentí bien recibida en mi nuevo retiro, y de algún modo, orgullosa de ir tomando decisiones diminutas, que eran como puntadas en un tejido roto.

Hice una parada al pasar cerca de Santa Cruz y me escapé en dirección a la playa de las Teresitas, con esa necesidad perentoria de mar de la que adolecen los madrileños. En San Andrés saboreé unas lapas con gusto a vacaciones y a verano. Cuando llegué a la playa, el sol estaba ya alto y me regalaba una luminosidad tibia. Me descalcé para sentir el cosquilleo de la arena en los pies y paladeé una Dorada en la barra de uno de los chiringuitos. El ambiente playero obró como un calmante y sonreí, quizá por primera vez en muchos días, sintiendo la caricia del sol en la cara. No tenía sentido ahondar en el pasado, y era mi deber aceptarlo así y disfrutarlo. Sentía una imperiosa necesidad de ser feliz. Y algo más. Como si unas ligaduras internas empezaran a destrenzarse en mi interior. No sentía rencor ante aquel abandono que había sido la crónica de una muerte anunciada; tan sólo el corazón entumecido de tristeza. Le dediqué a Miguel un brindis imaginario con mi cerveza y le deseé, al menos, la misma suerte que iba a empezar a buscar para mí.

Y fue esa noche, como si yo misma lo hubiera planeado, como si un guionista alocado se hubiera divertido proponiendo escenas imposibles, cuando empezó todo.

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