El último árbol del Paraíso

Una novela de aventuras, vertiginosa y arrebatadora, con la que viajar a lugares de ensueño de la mano de personajes inolvidables.

Espasa, 2020

 

 

Gabriel de Velasco tiene los ojos del color del océano que sueña con navegar, pero, cuando a los once años se ve forzado a ingresar en el Colegio de los Jesuitas, asume que, en ese nuevo mundo, a principios de siglo XVIII, ya no queda nada por descubrir.

 

Sin embargo, el estudio de hierbas y especias le atrapa y a través de sus embriagadores aromas es capaz de entusiasmarse, de intuir otro universo prohibido. Un mundo de hombres feroces y nativas de ojos rasgados, de rutas comerciales y puertos clandestinos. Un mundo de plantaciones regadas con sangre, sultanes esclavos de los intereses europeos y piratas capaces de apropiarse por igual de bellas mujeres y ricos cargamentos. Un mundo en que los árboles tienen más alma que los hombres que desean acabar con ellos.

 

Un mundo de sabores y pasiones que le está vedado.

 

O eso es lo que él piensa.

Comenzar a leer

Hornachos, Extremadura, España, 1756

Eran tres. Tres hermanos varones, como en todos los cuentos.
Y Gabriel era el último. Siempre pensó que había nacido a destiempo. Quizá influyera que su padre se ocupara de recalcárselo día tras día.
Había nacido tarde para todo. Tarde para heredar la exigua hacienda de viñas, ovejas y colmenares, como haría su hermano Ferrán. Tarde para entrar al servicio de un ejército que ganaba o perdía batallas de nombres impronunciables, como su hermano Alvar. Tarde para hacerse a la mar, como habían hecho los conquistadores, los hombres de verdad.
Cuando decía aquello de «hombres de verdad» su padre ponía un gesto hosco y feroz que le afeaba la cara y le hacía la barba más rala y espinosa. Y su hermano Ferrán le miraba con un brillo burlón y peligroso en sus ojos de carbón encendido. Gabriel sabía entonces que era hora de volverse invisible y marchaba a esconderse entre trébedes y cazuelas, en la seguridad del hogar, en el terreno defendido por su madre. En su terreno. Le daba la impresión de que el aroma cálido y burbujeante de las ollas enmascaraba su propio olor a miedo. Y el baile caprichoso de luces y sombras que el fuego proyectaba en la pared irregular desdibujaba su contorno, como si aquella semicueva le escondiera en su interior, convertida en un útero, en un refugio primigenio. El humo bajo y ácido que picaba en los ojos también le permitía esconder con dignidad las lágrimas.
—¿En qué andas, Gabriel?
Su madre olía a naranjas regadas con aceite, pero el mandil que llevaba para faenar en la casa era áspero y apestaba a rancio. Restregado por el rostro con el gesto del que bruñe un cazo tenía la ventaja de acabar con cualquier atisbo de autocompasión en un instante.
—Nada —susurraba Gabriel, con el rostro escocido—. Padre.
Y la madre sabía. Ya sabía con esas dos palabras y cabeceaba en silencio con labios apretados. Sabía de sus dudas y de sus desprecios. Y el pecho se le ahuecaba, como el de las palomas, dispuesta a defender a su hijo menor. Gabriel se sentía entonces levemente protegido, reconfortado. Y casi no le hacían falta unas caricias que ella racionaba como si fueran a terminársele en cualquier momento, porque también para ella, como para el padre, de algún modo el amor había que ganárselo; había que merecerlo. Y Gabriel, a sus once años, no estaba muy seguro de merecerse nada. Quizá porque sospechaba que para nada valía.
—¿Qué serás de grande?—le preguntaba a veces Pascual, el hijo del platero.
Él era dos años mayor y había empezado a trabajar en el taller de su padre. Estaba muy orgulloso de su habilidad para modelar la plata arrancada a la piedra en las cercanas minas de Al-Madén. A su lado, Gabriel se sentía torpe y desmañado, incapaz de encontrar en sí mismo una habilidad confesable o útil.
—No lo sé —confesaba, tirando piedras a la charca cercana.
—Algo querrás hacer —insistía.
—Sí —le decía Gabriel entonces, en un susurro. Como si fuera un secreto. Como algo que sabía que le estaba vedado—. Salir de aquí. Viajar.
El mundo exterior más allá de los muros encalados de su casa, de los límites del pueblo, del perfil violáceo de la sierra, le atraía con fuerza irrefrenable. A veces se paraba en el camino a Sevilla, a ver pasar las mulas y los carros y a soñarse dentro de uno de ellos, comido de moscas y de polvo, con destino a otros horizontes que no alcanzaba a imaginar siquiera. Si su padre le sorprendía, le aventaba a collejas para que corriera a ayudar en alguna tarea, a ahumar las colmenas, a arrancar hierbas del huerto o a acarrear leña. Por aquel camino polvoriento habían pasado de la miseria a la gloria los grandes descubridores del Nuevo Mundo, pensaba Gabriel. Y asumía que, sin duda, también había nacido tarde para ser conquistador.
—Condenado muchacho, ¿tú crees que puedes andar perdiendo el tiempo, soñando, como los señoritos?
Gabriel escapaba a correr en cuanto oía la voz de su padre o su hermano. Ferrán le llevaba doce años y podía ser mucho más duro que su padre aún. La madre, si estaba cerca, les reconvenía.
—Dejad al chico en paz. Bien sabéis que no tiene la misma fortaleza que otros de su edad. Dejad que ande al aire libre y coja cuerpo y peso…
—Trabajando es como se coge peso.
Tarde para ser conquistador y pobre para ser soñador. Gabriel creía que su padre tenía razón cuando decía que había nacido a destiempo. Sospechaba que le odiaba de alguna manera inconsciente porque nació cuando ya nadie le esperaba. Llegó tardíamente, enclenque y diminuto, prematuro, tras dos hijos varones ya mozos y un sinfín de abortos espontáneos, mientras su madre lloraba por la hija con que siempre había soñado.
—Es otro niño, Marcela —le había dicho la partera, resignada.
—No, es una niña. —La madre trató de conjurar aquella realidad que no quería asimilar.
—Es un niño, mujer. Míralo bien.
—Qué pena. ¡Es tan guapo! Parece una niña…
—Has pensado tanto en él como una niña en el embarazo que igual te nació con alma femenina —sentenció la partera—. Lo mismo se te ahembra.
Le llamaron Gabriel, como al arcángel. En una familia de rasgos moros, su pelo del color de la arena y sus ojos azules destacaron de inmediato como una amapola en un trigal. Surgieron las suspicacias y en el pueblo se repasaron los meses anteriores a su nacimiento. La madre había pasado un tiempo yendo y viniendo de Sevilla, a donde fue a ayudar a preparar el ajuar de las hijas del alcaide. Pese a las horas de trabajo agotador y de la edad que le pesaba ya en el cuerpo, había vuelto con la risa de una moza y los ojos cargados de horizontes abiertos. Cuando su esposo la interrogó, desconfiado, ella le dijo que era porque la habían llevado a ver el mar. Cuando volvió a la aldea su piel olía a sal y al aroma oscuro y ambiguo de la marisma y ya había decidido que su Alvar, su segundo, que sumaba nueve años, debía conocer esos otros mundos lejanos e infinitos.
Unos meses más tarde nació Gabriel. El padre, recio, de piel morena y ojos aceitunados, tuvo que aguantar algunas bromas que no ayudaron a consolidar su futura relación.
—Fabián, ¿de dónde se trajo tu mujer a ese chiquillo?
—Del mismo sitio donde va a trabajar tu madre cada noche…
Cuando tuvo edad de entender ciertas insinuaciones, Gabriel rezó a escondidas por que fuera verdad; por que su padre fuese algún marinero rubio y anónimo del que su madre se hubiese prendado a punto de enfrentar la madurez. Por que su simiente nórdica hubiera prendido en ella y fuese la causante, junto al color de sus ojos y su pelo, de aquellos anhelos que no sabía expresar, de aquellas ansias de agua y de sal y de horizontes que le perturbaban y que su pueblito recalentado a fuego lento no era capaz de satisfacer. Tanteó a su madre, pero ella se deshacía en sonrisas mudas y le acariciaba la barbilla. Su cuerpo destilaba el aroma del azahar en mayo.
—Sales a mi familia, Gabriel. Tus bisabuelos eran gallegos puros, rubios y de ojos claros. Venían de una estirpe de marinos. Tú llevas su espíritu.

Categoría: