Espejismo, viaje al Oriente desaparecido

Cuatro amigos, dos coches destartalados, 45 días, nueve fronteras y 15.000 kiló¬metros para recorrer 6.000 años en el filo entre la historia y la leyenda. Un viaje por tierra que pretendió unir las dos grandes capitales del califato omeya y terminó uniendo y siendo mucho más.

 

Esta es una historia de Oriente y Occidente, de guerra y religión, de territorio y fronteras. Este es el relato de un viaje, de escenarios y paisajes humanos que, tras el estallido de la guerra en Siria, nunca volverán a ser como se recuerdan entre sus páginas. Esta es la instantánea de un momento desaparecido, un auténtico Espejismo.

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Lo habíamos hecho ya antes y sabíamos que lo volveríamos a hacer.
Viajar en coche, sin horarios, sin más ataduras que los trámites fronterizos, atravesando países y continentes, viendo cambiar los paisajes y las gentes ante tus ojos, como en un atlas de geografía humana, crea auténtica adicción.
Dicen que los viajes se disfrutan tres veces: cuando se planean, cuando se realizan y cuando se recuerdan.
Quien redactó esa máxima olvidó la magia del azar. Ese azar que te lleva por un camino distinto al planeado; ese imprevisto que trastoca tus planes, convirtiendo las experiencias soñadas en vivencias
distintas —y reales—; ese paisaje que te enamora y te abduce, hasta que no puedes soportar más tanta belleza; ese desconocido
que te abre las puertas de su casa y de su vida, y con ellas, las de toda una existencia paralela…
Viajar en coche es todo eso. Libertad. Libertad en estado puro.
Sin depender de alojamientos, reservas ni vuelos. Con un poco de suerte, sin fechas estrictas para el regreso. Sin más visados que los innegociables, esos que sabes que no van a expedirte en las fronteras de turno. A veces sobra algún visado, porque jamás llegaste a uno de los países que habías programado. A veces sobra un mapa intacto, sin desdoblar, o una guía nuevecita, oliendo como recién salida de la imprenta. Y eso es bueno; significa que el azar —una vez más— se ha puesto al volante.
Para viajar en coche —aunque parezca obvio— sólo hace falta un coche. Ya está. Ni grandes todoterrenos, ni preparaciones específicas, ni cubrecarters, ni snorkels ni emisoras a bordo. Un coche. Por todo el mundo la gente se mueve a diario con mucho menos. Un coche de segunda mano, cuanto más mecánico mejor, pues será más fácil de reparar. Un coche con la única misión de aguantar kilómetros.
Y por eso, aunque tengas la ilusión fingida de que tú eliges el destino, es él quien lo hace. Y si en algún momento cae agotado como las monturas de las grandes travesías, es el momento de despedirle y tomar un avión de regreso a casa con una inexplicable sensación de orfandad y una maleta llena de experiencias.
Y un coche de segunda mano es relativamente fácil de conseguir. —Ha tenido una buena vida; me gustaría que tuviera un fin digno.
Nuestra amiga Ana no hablaba de una mascota. O quizá sí; se refería a su Renault Clio, que acumulaba años y kilómetros, y ante la llegada de un nuevo miembro a la familia, acababa de ser relegado a un segundo plano por un vehículo más grande, más nuevo y más moderno. El Clio azul cogía polvo y achaques aparcado en la calle, sin seguro, ni ITV, y a Ana le había gustado el relato de nuestro último viaje. Un viaje que nos había llevado desde Madrid hasta Abidjan atravesando las carreteras barridas por la arena del Sahara Occidental, una Mauritania hostil y desértica, en la que Al Qaeda en el Magreb empezaba a insinuarse como una amenaza, un Mali espectacular, como anclado en el tiempo, con sus mezquitas de adobe, sus mercados fluviales y la falla de Bandiágara, la infinita brecha que separaba climas, etnias y culturas. Había sufrido con nuestro deambular por fronteras escasamente transitadas por vehículos europeos, había respirado con el relato de nuestra llegada a Burkina Faso, un paréntesis de tranquilidad en el tormentoso espectro subsahariano, y se le había encogido el corazón, como a nosotros, con la sucesión de check points aleatorios, sin más fin que el recaudatorio, en Costa de Marfil. Puntos alejados de las poblaciones, en los que paramilitares borrachos y drogados de qat nos sacaban del coche a punta de Kalashnikov mientras jurábamos que no teníamos nada, que no llevábamos regalos para ellos, ni dinero, ni documentación, ni gafas de sol, ni móviles, ni GPS, que éramos tourist tourist, que nos habían robado todo y que sólo queríamos llegar a la capital para tramitar de nuevo un pasaporte de emergencia en nuestra embajada.

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