Ponte en mi piel

Si piensas que no hay nada más conmovedor que el cuento de La bella y la bestia, es porque aún no conoces la historia real.

Espasa, 2019

 

 

1537, isla de Tenerife. Un grupo de mujeres, mientras entonan antiguos cantos, forman un círculo alrededor de una joven parturienta. Sus alaridos resuenan en todo el valle. De repente, se hace el silencio. Y un último grito desgarrador… Entre las cobijas que debían arropar a un bebé, asoma lo que parece una pequeña mano cubierta de pelo. Ha nacido Petrus Gonsalvus, el hijo de un rey guanche. Y esta es su historia…

Rechazado por su pueblo, que lo considera un ser demoniaco, Petrus acaba en la corte de Enrique II de Francia y Catalina de Médici, a donde llega como un obsequio para el rey. Allí lo tratan como una simple mascota para divertimento real. Sin embargo, el monarca ve en él el brillo de una inteligencia despierta y sensible, y decide acogerlo bajo su protección.

Petrus conoce entonces a Diana, hija bastarda del rey, que se convertirá en su amiga, cómplice y confidente. Los dos aprenderán a desenvolverse en la corte y lucharán por encontrar su lugar en ese mundo que los margina, juntos a grandes personajes de la talla de Nostradamus y a otros más pequeños, como la bella y silenciosa Catherine. Quizá tan solo el astrólogo sea conscientes de cómo la realidad les va colocando en cada una de las orillas de una Historia que les obligará a tomar decisiones y que cambiará el destino de Francia para siempre.

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Yo no nací. Puedo decirlo ahora, que domino el lenguaje. No nací porque mi nacimiento no requirió de mi voluntad. A mí me nacieron, aquella noche de luna llena y cumbres recortadas. Me nacieron con culpa y con vergüenza. Clandestinamente, a oscuras y en cuclillas, en una de esas oquedades negras, como bocas abiertas a otro mundo, que quedan en la tierra ardiente cuando se extingue el fuego líquido capaz de barrer los árboles de las laderas. Me parieron en el suelo, sin ceremonias, sin instrumental ni ropajes, entre sangre y jadeos apresurados, como al perro que habría de ser durante los años venideros. Dicen que mi madre, muy niña, soportó los dolores del parto entre gritos desgarradores. Dicen que solo la luna había alumbrado el camino hasta aquella cueva recóndita y que allí la asistieron a escondidas cuando el hijo que llevaba en el vientre amenazó con salir. Cuentan que gritaba como si le hirvieran las entrañas, pero que no derramó ni una lágrima hasta que me pusieron entre sus brazos. Era valiente, dicen, pero entonces, cuando al fin pudo verme, cuando su piel rozó la mía por vez primera, se le mudó el gesto, se le helaron los ojos y se le estancó en la gar-ganta un grito de horror puro. El pelo, oscuro, larguísimo, le encaneció en el acto. Si las mujeres no la hubieran sujetado, se habría despeñado por el barranco sin dudarlo, porque al ver mi aspecto, al tocarme, fue por primera vez consciente de las consecuencias de su pecado.

Lo más lógico es que me hubieran arrojado al barranco. De hecho, es lo que pensaban hacer, pues era la única forma de ocultarlo todo. A ella la hubieran llevado, aún sangrando, de nuevo al abrigo que compartían y allí, a salvo de las miradas, quizá nadie habría hecho preguntas. Pero cuando la más anciana de las harimaguadas me había alzado ya sobre su cabeza en el borde de la cueva, al mirar hacia la cumbre adivinó un resplandor de fuego en la montaña, una nube de niebla y de cenizas que se despertaba con el viento nocturno. Y lo tomó como una señal. Se detuvo a mirarme, venciendo la repugnancia que le causaba mi aspecto. Quizá mi padre real fuese el mismo Jucancha, pensó, ese demonio lanudo, súbdito de Guayota, que como él habitaba el interior del volcán, ese animal maligno que protegía a los perros y sembraba en los hombres el mal y la discordia. Y quizá me estuviera reclamando para sí. Me soltó en el suelo, temerosa, al borde del precipicio y cuentan que, aunque acababa de nacer, rodé sobre mí mismo hacia el interior y la seguridad de la cueva. Así supieron que, pese a todo, pertenecía a los dioses.

Aquella noche, aunque la montaña se encendió en chispas y el suelo retumbó en terroríficos tambores, la tierra hirviente no se vertió por las laderas hasta el mar. Eso fue lo que me salvó la vida. Mi madre tuvo que confesarlo todo. Era una mujer sagrada y había desafiado a los dioses, al no respetar la misión para la que había sido encomendada. Mi padre, quien ella afirmaba que era mi padre, era un hombre poderoso, lo que aquí, en vuestro mundo, llamaríais un rey. Era dueño de vidas, tierras y ganados, pero tampoco se había comportado como se esperaba en él al fijarse en una niña que a él —y al resto de los hombres— le estaba vedada. A nadie le sorprendió mi aspecto. ¿No era acaso yo el fruto de aquella unión prohibida? Para mi madre habría sido mejor tirarse al abismo, pues fue condenada a morir emparedada. Mi padre, no. Nadie podía probar que lo fuera realmente. Aunque yo creo que sí, que lo era. Y que él sabía que lo era. He escuchado la historia de mi nacimiento muchas veces. Dicen que fue en el año del Señor de 1537. Así lo llamaban ellos, las gentes que vinieron desde el mar: del Señor. Para nosotros fue simplemente en la segunda lunación, en Beñesmer, cuarenta cosechas después de la matanza que marcó el comienzo de la destrucción de mi pueblo.

Primera parte

Guancancha
(1538-1547)

Capítulo 1 [Diana]

Fontainebleau, julio, 1538

Fui la primera en nacer. Aunque la historia apenas lo mencione, yo lo sé, y ellos, todos ellos, lo saben también. Yo fui la primera nieta del poderosísimo Francisco I, el rey de Francia. Dicen que su solo aspecto inspiraba respeto e imponía silencios congelados, como una corriente del norte que hubiese barrido una habitación. Cuentan los que le conocieron bien que una sola de sus miradas podía salvarte o condenarte y que hasta sus enemigos le honraban y le rendían pleitesía. Eran otros tiempos. Tiempos en los que la talla de un rey se medía por la de sus rivales. Tiempos en que los enviados de su archienemigo Carlos I de España, aquel Habsburgo que amenazaba las fronteras francesas y las posesiones italianas como un corsario sediento de botín, entraban y salían de Fontainebleau como los valiosísimos emisarios que eran. Tiempos en los que el rival otomano, el infiel, el turco, encarnado en la figura de su sultán, Solimán el Magnífico, se permitía el lujo de firmar acuerdos privados con el cristianísimo rey de Francia, entre risas, vino y cortesanas, a la vez que su flota sembraba el pánico en el Mediterráneo. Otros tiempos, vraiment. Yo nací, casi de casualidad, como por descuido, en el seno de la Nobleza con mayúsculas, cuando aún la noblesse, la nobleza con minúsculas, dictaba el más mínimo de los movimientos, el auténtico código de honor por el cual se regían los caballeros. Y las damas. O al menos dicen que así fue hasta que llegó ella.

Ella había llegado a Francia desde su Florencia natal cuatro años atrás, para casarse con el segundo hijo del rey, Enrique. Para la exquisita corte francesa, amiga de las apariencias y los excesos, la sobrina del Papa había resultado tímida, mojigata y feúcha. Pero para Francisco I era una valiosa pieza de ajedrez a la hora de replantearse la injerencia francesa en Italia y, desde luego, una manera de garantizar una relación fluida con el papa Clemente, que recelaba de su amistad con aquel sultán barbado que vestía más sedas que una cortesana y se perfilaba los ojos con kohl. Para el rey, ducho en mujeres, aquella advenediza hija de banqueros que aspiraban a medrar entroncando con la realeza parecía tener algo que nadie más sabía ver. A diferencia del resto de la corte, incluido su propio esposo, él la consideraba especialmente inteligente, diplomática, sutil y paciente. Sobre todo, paciente. Y el tiempo demostraría que no se equivocaba.

Fue el favor del mismísimo rey lo único que la sostuvo cuando su posible esterilidad comenzó a dar que hablar en los mentideros, desde el palacio a los mercados. Nadie daba un escudo por su continuidad en la corte y comenzaron a circular apuestas sobre la fecha en la que sería discretamente devuelta a los suyos. Dicen que su esposo, arropado por su camarilla de acólitos, era de los que más pujaba en ellas. Y entonces fue cuando llegué yo. Fui la primera hija de Enrique de Orleans, el delfín de Francia. Mi nacimiento me enraizaba automáticamente con la Casa de Valois y, como algunos se complacían en afirmar, con el mismísimo Carlomagno. Cuando yo nací, Francia llevaba ya cuatro años esperando un hijo, aunque, obviamente, no me esperaba a mí. Mi padre llevaba a su vez cinco años atrapado en un matrimonio concertado con la mujer que su padre había elegido para él, la heredera de aquella familia de banqueros venida a más, los Medici, y el pueblo, que había recibido con el mismo envaramiento y recelo que la corte a aquella burguesita italiana que pretendía mezclar su sangre de confuso origen con la de la realeza más añeja, llevaba todo ese tiempo a la espera de que cumpliera lo único que se le pedía: garantizar la sucesión de la dinastía. No era una responsabilidad que pudiera soslayarse. La capacidad de engendrar un heredero era un auténtico asunto de Estado. Dicen que incluso el propio rey Francisco I, padre del novio, y el papa Clemente VII, tío de la novia, acudieron a las habitaciones de los aterrorizados contrayentes en su noche de bodas, quizá incluso jaleándoles, para confirmar que estos conocían perfectamente el procedimiento por el cual sus herederos habrían de venir al mundo. Ambos contarían luego a los cronistas, con orgullo mal disimulado, que «los muchachos se habían desempeñado con valor» en las lides amatorias. En aquel momento, en marzo de 1533, los azorados príncipes acababan de cumplir catorce años.

Mi nacimiento no congregó a la corte. No hubo expectación en torno a él. Ni música ni alharacas. Aunque era la nueva portadora de la preciada sangre de los Valois, nadie celebró mi llegada. Ni la nobleza en los pasillos de Fontainebleau ni el populacho, sediento de alegrías ajenas, en las calles. Nadie, salvo quizá mi progenitor. Pero no por mi propio nacimiento, sino porque atajaba así, de raíz, las maledicencias de la corte y mostraba a cortesanos y plebeyos que era perfectamente capaz de engendrar hijos. En la mañana de mi nacimiento, las campanas de Notre Dame no doblaron anunciando la hora exacta de mi alumbramiento, y aunque no me faltaron ni atención ni cuidados, ni mucho menos brazos entregados para asirme y envolverme en blondas, los de mi madre, arropada en blusones y ropajes, con el pelo pegado de sudor y los dedos apretados y blancos aferrando con saña las sábanas hasta el cuello, se negaron a sostenerme. Despeinada, llorosa y enloquecida, pedía a gritos que me sacaran de allí, que me entregaran al príncipe de Orleans y, sobre todo, que me alejaran cuanto antes de su vista. Y de su vida.

Aquella primera noche le dieron adormidera para que descansara tranquila y sus gritos no escandalizaran a los sirvientes. Mi padre, por supuesto, no estaba presente. Había enviado a su lecho a Ambroise Paré, el médico más reputado de la corte, para que la asistiera en el parto. Cuentan que Paré llegó junto a dos ayudantes que transportaban sendos canastos con todo su material. Fue él quien estipuló que nadie más estuviera presente en el alumbramiento, ni siquiera la familia más cercana. Aquello era algo nunca visto. Los partos, como tantos otros actos de la vida cotidiana, contaban con profusión de ayudantes, testigos o simples mirones, pero nadie se atrevió a discutir a aquel doctor que venía con órdenes expresas del príncipe y afirmaba que no era sano parir con un montón de gente alrededor toqueteando a la madre y al bebé. Paré había alcanzado el suficiente prestigio como para que nadie osara rebatir sus métodos transgresores, y mucho menos si era el delfín quien le enviaba. Por eso, nadie, salvo él, me vio nacer, como si mi alumbramiento debiera ir revestido de clandestinidad. Y por eso para cuando mi abuela, las doncellas y mi aya pudieron cogerme por fin en brazos, yo ya estaba limpia, sonrosada y enfundada en puntillas, hasta tal pun-to que tuvieron que desfajarme de nuevo para verificar que todas mis partes estaban en su sitio. Cuentan que, pese a que lloraba a pleno pulmón, como si reclamara mi lugar en el mundo, mi aya italiana, Corina, se enamoró de mí en ese mismo instante. No quería hacerlo porque yo ni siquiera tenía nombre aún y es bien sabido que los recién nacidos son muy dados a dejar este mundo en los primeros días, privando a las familias del consuelo de encontrarlos más tarde en el paraíso. Mi aya lo sabía bien. Había tenido otros niños, propios y extraños, y sus ausencias, afirmaba, le habían ido dejando huecos y más huecos, como un paño de Flandes, en el corazón. Por eso se extrañó de que lo que le quedaba de él se le encogiera hasta el dolor cuando, entre sus brazos, por fin dejé de llorar y la miré con ojos entregados.

—Aya, eso no es posible —le diría yo tiempo después—. Los recién nacidos no saben aún mirar. No ven como noso-tros.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Lo recuerdas, acaso? Tú me miraste, como si me escogieras —afirmaba ella con tenacidad—. Fuiste tú quien me eligió, bimba, después de que tu propia madre te hubiera negado su abrazo. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Mi madre. Dicen que antes de mi nacimiento había sido una muchacha dulce, sonriente y divertida. Si fue así, mi llegada al mundo le robó la alegría para siempre. En la nebulosa de mis primeros años aparece siempre como una figura vestida de blanco, lejana, severa, implacable. No recuerdo un solo gesto de cariño espontáneo. Creo que nunca la vi sonreír.

—¿Por qué mi madre no me quiere, aya? —preguntaba yo al principio. Siempre, desde que tengo uso de razón.

—No digas esas cosas, bimba. —Mi aya se santiguaba—. Claro que te quiere. Algunas mujeres reaccionan así, tras el parto: no reconocen a sus hijos, les parecen algo ajeno. Les agobia la responsabilidad, imagino—trataba de engatusarme—. Y engendrar a la hija de un príncipe es una res-ponsabilidad muy grande.

—¿Y entonces por qué me tuvo?

Mi aya se encogía de hombros, me lanzaba fugazmente una mirada de lástima que pensaba que yo no sabía interpretar y trataba de cambiar de tema.

—¡Ay, hija! A veces hasta Dios se complace tomando los caminos menos transitados.

Tardé mucho en escuchar la palabra «bastarda». Hasta entonces, instalada en la dulce ingenuidad de la infancia, en la confortabilidad de la villa familiar, yo me tenía por una infantita feliz y despreocupada. Un pequeño enjambre de sirvientes se movía a mi alrededor, instruyéndome en francés y en italiano, y con ellos saciaba mi curiosidad, mis ansias de jugar, y sobre todo aquella necesidad angustiosa que no sabía explicar, aquella sed constante de abrazos apretados y caricias que por las noches se me anudaba en la garganta. Sabía vagamente que era la hija del heredero al trono francés. No me faltaba nada, creo, salvo quizá su presencia. Ante la ausencia de la figura de mi madre, había volcado todas mis expectativas en él y había idealizado una imagen mezcla de retratos entrevistos y recuerdos inventados. En las ensoñaciones de mi infancia él era muy joven, alto y moreno, con una barba que enmarcaba sus facciones y una mirada tan franca como su risa, pero en verdad me cuesta encontrarle físicamente en los recuerdos de mis primeros años, aunque me consta que me visitó y se interesó por mí, por mi educación y por la independencia económica de mi madre. Mi tío Francesco Duci, que era en aquellos tiempos su escudero, me contaría años después que mi padre había tenido la galantería de mandar una legación para negociar con la familia todas las cuestiones relativas a mi manutención y la de mi madre. «No tenía obligación de hacerlo —me de-cía—. Tu madre ni siquiera era su maîtresse oficial». No me miraba cuando me contaba esto, como si la vergüenza todavía le arrebolase el rostro, y yo adivinaba que era mi tío quien lo había planeado todo y quien le había «vendido» la oportunidad del romance con el heredero al trono a su hermana pequeña. Pero quizá habían calculado mal la jugada; Filippa Duci no había sido nadie importante en la vida del delfín, salvo por el anecdótico hecho de haberse convertido en la madre de su primera hija. Y yo me preguntaba si mi fiero abuelo piamontés, el nonno Gianantonio, con ese trasnochado código del honor de la gente del campo, consideraría verdaderamente un honor que el delfín de Francia hubiese preñado a la pequeña de la casa.

Fue Pierre, el hijo del jardinero, el primero que usó la palabra «bastarda» en mi presencia. Probablemente a mis espaldas la usaban todos. Él tenía siete años, el pelo pajizo y unos ojos tan azules que me parecían infinitos, como el cielo. Creo que estaba enamoriscada de él. Pese a ser mayor que yo, acataba mis juegos y mis órdenes con atribulada paciencia. Imagino que hasta que se cansó. El día que le imprequé por desobedecer una de mis caprichosas peticiones en el juego y le recordé que yo era una princesa, él me escupió que no era más que una bastarda. Me hirió el tono, más que el significado de una palabra que aún no conocía y corrí a refugiarme en las faldas de mi aya, con lágrimas embalsadas en los ojos y el rostro ardiendo de humillación. Pierre fue castigado a recibir no sé cuantos azotes y su padre perdió el empleo en la villa de los Duci. Nunca volví a verle, aunque jamás había sido ese mi propósito. Así fue como aprendí que, a veces, las acciones tienen consecuencias inesperadas, por muy justa que nos parezca nuestra indignación. Aún a día de hoy, antes de tomar una decisión, cierro los ojos y me acuerdo de los suyos, aquellos ojos tan azules, tan hipnóticos, tan llenos de un futuro que ya nunca más compartió conmigo. Y así fue como supe también que, mientras en la cámara de mi madre su familia se entrevistaba con gesto grave con los enviados del príncipe, su esposa, la delfina, Catalina de Medici, se había encerrado en sus aposentos con su amiga más fiel, mademoiselle de Gondi. Se había negado a comer, a beber y a recibir a nadie. Dicen que fue el propio rey Francisco I quien mandó echar la puerta abajo para sacar a su nuera a la fuerza de su retiro. Nadie lo dijo, pero en las mentes de todos se dibujaban la sonrisa meliflua y las manos afiladas de Pietro de André, el afamado perfumista florentino de la reina, tan ducho en esencias como en secretos. De él se contaba que era capaz de extraer el jugo último de plantas, animales y minerales para usarlos a voluntad, y que si no había perecido ya en la hoguera, se debía a la protección de la princesa de Medici. Dicen que conocía el alma oculta de las cosas y que podía fabricar bebedizos imposibles, desde los que aumentaban el deseo a los que acentuaban la mirada, y desde los que inducían un letargo leve hasta los que provocaban un sueño eterno. El propio rey aporreó la puerta de Catalina antes de pedirle a su guardia que la echase abajo, pero no fue necesario. Catalina jamás protagonizó escenas subidas de tono. Su temperamento italiano se quedaba para la intimidad más absoluta, así que salió de su estancia, revestida de dignidad, perfectamente maquillada, lejos de la mujer despechada y llorosa que el rey esperaba. No había derramado una sola lágrima, era cierto, pero tampoco estaba dispuesta a fingir que allí no había pasado nada.

—Son pequeñeces. —El propio rey justificó a su hijo con una indiferencia que no sentía, quizá sin ser consciente de que no era quién para reprochar deslices de alcoba—. Los hombres hacen estas cosas. Él es joven y gallardo. Os ruego que no le deis importancia, señora.

Catalina también era joven. Tenía dieciocho años. Llevaba cuatro casada con el delfín y jamás se había quedado embarazada. El nacimiento de una hija de su marido, por muy bastarda que fuera, exponía a las claras su incapacidad para concebir. Aparentaba tranquilidad, pero en las ojeras malva y en el brillo húmedo de los ojos, Francisco obtuvo la medida de su dolor. El despecho de su nuera le tomó al asalto como un dolor propio, pero reaccionó con un exabrupto porque no estaba acostumbrado a sensiblerías.

—Por Dios, Catalina, comportaos como la reina que aspiráis a ser —le ordenó.

El abuelo Francisco, por muy rey que fuera, podía tener una apariencia montuna y feroz, pero Catalina, aquella italiana morenucha, pequeñaja y feílla a quien había escogido para su segundo hijo, no se arredró. Tenía más arrestos que muchos hombres de la corte. Por eso la había elegido. Y por eso la admiraba en secreto.

—Nunca seré reina, señor, si no puedo alumbrar un hijo. —La barbilla alzada parecía desmentir la amargura de su tono—. Está muy claro para todos que el delfín es perfectamente capaz de hacerlo sin mí. Pronto comenzarán a echaros en cara que habéis comprado mercancía de-fectuosa.

—No creo que los Medici se hayan hecho ricos vendiendo gangas —rebatió Francisco I sin entrar al juego de la compasión—. Pensaba que, al revés, Medici era, en toda Europa, un sinónimo de calidad.

—No en este caso, parece ser. Y los Medici asumen sus errores, señor. Vuestro pueblo os pedirá que devolváis la mercancía a sus dueños —observó con dureza—. Obviamente, no vale lo que os cuesta.

Francisco arqueó una ceja. Comenzaba a hartarse de aquel juego. Había elegido a Catalina para su hijo porque tenía la perspectiva, la capacidad de reflexión y el sentido de Estado que a él le faltaban, y no iba a dejar que un lío de faldas con un bastardo de por medio diera al traste con sus planes. Se irguió aún más y su presencia se alzó, como una sombra imponente sobre la pequeña Catalina.

—Señora, a veces el comprador ignora el valor de la pieza que tiene en casa y sale en busca de mercancía más barata. Eso no siempre es culpa de la pieza, claro está, sino quizá del vendedor. Aquí —la observó detenida y casi despreciativamente, de arriba abajo, como si fuese una yegua expuesta ante un comprador, mientras Catalina sentía la humillación agolparse en latidos en sus sienes— en la corte, a falta de vendedores adecuados, quizá sea necesario que vos misma aprendáis a venderos un poco mejor, querida.1537, isla de Tenerife. Un grupo de mujeres, mientras entonan antiguos cantos, forman un círculo alrededor de una joven parturienta. Sus alaridos resuenan en todo el valle. De repente, se hace el silencio. Y un último grito desgarrador… Entre las cobijas que debían arropar a un bebé, asoma lo que parece una pequeña mano cubierta de pelo. Ha nacido Petrus Gonsalvus, el hijo de un rey guanche. Y esta es su historia…

Rechazado por su pueblo, que lo considera un ser demoniaco, Petrus acaba en la corte de Enrique II de Francia y Catalina de Médici, a donde llega como un obsequio para el rey. Allí lo tratan como una simple mascota para divertimento real. Sin embargo, el monarca ve en él el brillo de una inteligencia despierta y sensible, y decide acogerlo bajo su protección.

Petrus conoce entonces a Diana, hija bastarda del rey, que se convertirá en su amiga, cómplice y confidente. Los dos aprenderán a desenvolverse en la corte y lucharán por encontrar su lugar en ese mundo que los margina, juntos a grandes personajes de la talla de Nostradamus y a otros más pequeños, como la bella y silenciosa Catherine. Quizá tan solo el astrólogo sea conscientes de cómo la realidad les va colocando en cada una de las orillas de una Historia que les obligará a tomar decisiones y que cambiará el destino de Francia para siempre.

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