Lo que esconden las olas

Una apasionante novela que recrea la olvidada historia de El Sirio, conocido como «el Titanic del Mediterráneo», el mayor naufragio civil ocurrido nunca en costas españolas.

Plaza y Janés, 2015

 

 

Año 1906. Un trasatlántico italiano navega rumbo a Buenos Aires. Se trata de El Sirio, un elegante y modernísimo barco, en cuyo interior, clérigos, diplomáticos, emigrantes y una bella cupletista española viajan en dirección a ese Nuevo Mundo donde los sueños se pueden hacer realidad. Sin embargo, a solo tres millas de la costa española, el buque naufragará. De manera inexplicable, el capitán se dará a la fuga dejando a bordo un oscuro negocio de inmigración ilegal y una intrincada trama internacional, además de una misteriosa caja fuerte vacía y cientos de pasajeros condenados a la muerte.

 

Año 2006. En el centenario del naufragio, el joven Sandro llega al pueblo del que jamás se habla en su familia. Viene en busca de las causas de un accidente que quizá nunca fue tal. Paula le introducirá en el rodaje de un documental conmemorativo de la tragedia, sin imaginar que la historia que van a remover tiene mucho que ver con la suya propia. Una desafortunada promesa de honor y una anciana sin memoria, que un siglo atrás viajaba al Nuevo Mundo, arrojarán insospechadas claves sobre ese barco que duerme su sueño eterno a sesenta metros de profundidad.

Comenzar a leer

La primera vez que Piero montó en barco fue también la última. El vapor que le trasladó junto a su familia al puerto de La Guaira resollaba como un animal herido durante la travesía. Tenía entonces ocho años y creía firmemente que los fantasmas de todos los ahogados a través de los tiempos tiraban del barco hacia las profundidades con dedos azules y gelatinosos. Por la noche sentía las miradas de gentes que ya no existían, hirvientes de odio, clavadas en él a través de los ojos de buey. Tuvo pesadillas y le cambiaron a un camarote sin vistas al exterior, en el que se mareaba, revuelto en aquel galope incesante, pero no se atrevió a quejarse, por si le cambiaban de nuevo, por si volvía a sentirse hipnotizado por aquellas ventanas que le asomaban a un mar oscuro y amenazador, y por si veía algo —o alguien— que nadie más podía ver. Algo o alguien que, olvidado, silencioso y sediento de justicia, se atreviera a asomar entre las cumbres espumosas de las olas. Durante el día, cuando los monstruos de la oscuridad no le acechaban, se sentía valiente y jugaba a perderse por cubierta, observando el trajín de los marineros. A veces, de lejos veía al capitán, vestido de blanco, gobernando aquel reino nómada como un reyezuelo atemporal. Él entonces se acordaba del abuelo, recordaba que no debía acordarse y se le subían las lágrimas a la garganta. Todo había salido mal. Él tenía que haber hecho su primer viaje en el barco del abuelo. Entonces habría sido alguien importante, como un infantito mimado y despótico, y quizá habría podido vestir de blanco, dar órdenes a los marineros y mirar hacia el horizonte a través de los prismáticos. Hacia un horizonte que él sabía ya, antes que nadie, que nunca sería el del camino de vuelta, porque ya sabía también, sin que nadie se lo hubiese dicho, que jamás habría vuelta posible. La travesía fue más corta de lo que le pedía su corazón, y más larga de lo que soportaba su cuerpo escuálido. Aunque nadie pudiera imaginarlo, estaba grabando en su mente todos y cada uno de los momentos de aquella navegación, porque no ignoraba ya que jamás volvería a subir a un barco. Y, pese a todo, pese al miedo recurrente al naufragio, a los terrores nocturnos, a los rostros sin vida que adivinaba flotando bajo la superficie, no podía evitar que algo dentro de él se rebullera en presencia del mar. Le embriagaba aquel aroma salvaje a algas, a sal, y le excitaba la sensación de tratar de dominar un elemento hostil. ¿Acaso no le había dicho siempre el abuelo que era igual que él? Piero saboreó aquella travesía plagada de emociones y espectros imaginados con la nostalgia anticipada del que conoce que será la última. Tenía sólo ocho años, pero ya sabía de la vergüenza, del dolor, de la injusticia. Y aunque nadie se lo había dicho, si algo le había quedado claro en aquella partida precipitada, entre silencios medidos, cuchicheos clandestinos y lágrimas, era que el mar no sería ya nunca más un motivo de conversación en su familia. Había aguantado el tipo bastante bien durante todo el viaje, pero el día que llegaban a puerto, cuando su padre le oyó hablar con uno de los marineros, ensalzando la figura del abuelo, se lo llevó a la rastra y le dio dos buenas bofetadas que le dejaron la cara hinchada, los ojos palpitándole de lágrimas no vertidas y una sensación de injusticia enorme, desmesurada, estallándole en el pecho, como sólo se conciben las injusticias a los ocho años. Mucho tiempo después, esa misma sería la respuesta que él le daría a su nieto cuando le dijera que de mayor quería ser capitán de barco. Le cruzó la cara de un guantazo sin mediar palabra. Para entonces, tendría ya noventa y cuatro años, pero conservaba las fuerzas íntegras, el ánimo impasible y el odio por el mar, intacto, aprendido y transmitido día a día, durante toda una vida, ardiéndole en las entrañas.

Categoría: